Hace una bonita mañana. Las seis. El sol todavía no ha salido y el viento matutino, leve aunque fresco, sacude su cara.
Mira la mar. Una leve ola orillera marca el único punto de ruptura en una superficie lisa y brillante. Respira. Huele esa mar, esa poderosa fragancia que le atrae una y otra vez.
Visto el horizonte, repasa los útiles de pesca. Empuja el kayak hasta la orilla y lo introduce lo suficiente como para poder salir sin batir las palas. El kayak enfila despacio, rompiendo la superficie plateada, que va perdiendo la oscuridad para dejar que se descubra su fondo.
El paleo se hace más intenso. Sabe a dónde va, y, aunque realmente no lo necesite, la ayuda del GPS de su sonda marca esa piedra donde espera realizar una buena pesca. O por lo menos tentará a su contrincante, por si esta vez es el pescador más listo que el pez. Se acuerda de lo que le ha costado conseguir ese y otros puntos de su lista de pesca. Cada uno ha sido la consecuencia de muchos días de bolos. De entrar ilusionado y salir sin pesca, pero esperanzado. “La paciencia y la pesca van unidas”: es algo que le dijo su primer maestro en esto de los lances con caña. Primero en tierra, acertando, fallando; con días de abundancia y días de ausencias; con fríos, con calores. Pero poco a poco, ha ido amalgamando el conocimiento que le dice si un día es bueno para este u otro pez.












